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Dr. Gabriel Abud González
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La Otorrinolaringología y la Cultura.......
Arte Curativo de las Enfermedades, Farmacia y Hechicería,
La Brujería y el Nahualismo en la Nueva España.
Hace unos días en que mi amiga y maestra, la Dra. Lulú Ledesma
me pidió hacer un tema histórico pero con las características
de ser escrito por un médico y que tuviese anécdotas, y que nos
mostrara la evolución de la medicina. Me acordé inmediato de
un artículo que me encontré durante la realización de
mi servicio social en el estado de Chiapas. El cual también no deja
de tener su anécdota, ya que un compañero de grupo -e íntimo
amigo- Ernesto Trens, fue su abuelo el que lo escribió.
Sin más preámbulo hablemos del autor del artículo; Dr.
Manuel Bartolomé Trens Martínez, originario de frontera Tabasco,
nacido el 24 de agosto de 1893. Estudia sus primeros grados y hasta el título
de Doctor en Medicina en la ciudad de Mérida, Yucatán en 1920.
Además estudió en forma simultánea en el Instituto literario
del estado de Yucatán. Lo cual parece que tuvo más efectos que
la medicina.
En el año 1954, -año en que escribe este artículo- desempeñaba
el cargo de Director del Archivo General de la Nación. Cargo que le
llenó de grandes logros profesionales (una anécdota familiar
refiere que a él se le encargaba la organización del IMSS y prefirió ser
el director del archivo).
Es autor de múltiples artículos históricos y sus obras
son obligadas en los estudiosos del estado de Chiapas. Entrando en materia,
nos escribe. "Todavía la brujería sigue en pie entre nuestro
pueblo humilde, pues hasta él no trascienden los adelantos alcanzados
por la medicina ni mucho menos los acuerdos de los múltiples congresos
científicos que se celebran casi siempre en torres de marfil y que de
poca cosa nos sirven y menos en resultados prácticos, a no ser las cuentas
de las cuantiosas sumas de dinero que nos cuestan". Las supersticiones,
las hechicerías y la adivinación fueron muy practicadas por los
pobladores de la Nueva España al calor de un sentimiento religioso pleno
de fanatismo, manifestado en los amuletos, en los escapularios y en las votivas
lamparillas que arden en los lampadarios de las iglesias ante el ingenuo fervor
del creyente.
Una de las supersticiones más arraigada en nuestro pueblo es la de
hechiceros y brujas, pues las gentes pensaban que las brujas salían
de noche cabalgando en escobas por encima de las casas en busca de infantes,
y también creían en los bebedizos, en las fatales influencias
de las pócimas, en los maravillosos efectos del peyote del ololuiqui
y del toeonanácatl, y también en los conjuros y en las cábalas,
y de ahí el que el pueblo consultara en sus aflicciones y en sus enfermedades
a las brujas y a los hechiceros. Por lo que el presente artículo pretende
mostrar el porqué esas costumbres y tradiciones que subsisten hasta
nuestros días y da la apariencia que esto se escribió el día
de ayer para mostrarnos como somos y porqué lo somos.
Los hábitos supersticiosos de los indios de nuestro país tienen
lejanos y distintos orígenes. En la época precortesiana fue la
casta sacerdotal, la clase dominadora la encargada de educar a las nacientes
generaciones y de dirigir al pueblo hasta en sus acciones más mínimas;
el misterio que siempre dio al culto, el secreto hermético en que mantuvo
los principios religiosos, no dejando traslucir hasta las masas nada más
que las prácticas exteriores de los ritos y las creencias más
burdas y groseras, unido esto al dominio absoluto, despótico, infalible;
ejercido sobre el pueblo completamente supeditado a los mandamientos ineludibles
de los sacerdotes, éstas fueron las causas determinantes de ese cúmulo
de supersticiones a las que rendía tributo el indio cuando fue sorprendido
por la conquista.
La conquista en nada mejoró la condición material del indio,
pues si bajo el dominio de sus monarcas y sacerdotes gimió en la abyección,
fue pasto de la esclavitud y vegetó en la ignorancia y la miseria; bajo
el dominio de los rudos conquistadores siguió igual.
El ambiente de misticismo que reinó durante la época colonial,
principalmente durante el siglo XVII, siglo de los éxtasis, los milagros,
la exaltación del sentimiento religioso hasta el frenesí, tiempo
en el cual la fe se enseñoreó de todas las conciencias anulando
por completo a la razón, fue un medio adecuado para el desarrollo de
las supersticiones, creídas como verdades infalibles por increíbles
que fueran. Pues ocurrió que hasta un catedrático de la Real
Universidad creyera en las apariciones de ultratumba y las relatara como cosa
cierta. Se hablara de duendes rebeldes a los exorcismos. Se extasiaran con
las profecías de la sirvienta del convento de San Jerónimo en
la ciudad de México conocida por el nombre de Madre Matiana.
La inquisición perseguía a brujos y hechiceros por tener pacto
probado con el diablo, aun cuando existe el hecho de que en la misma España
fue desterrada por tener pacto con Satanás la campana que durante mucho
tiempo estuvo sobre el reloj del palacio virreinal de México.
Gran superstición era la de los Mexicas en sus ceremonias en sus templos.
Cuando sus sacerdotes iban a sacrificar y a encender copal en la espesura de
los bosques y oscuridad de las cuevas donde tenían sus ídolos
se ungían con una pasta hecha con diversas sabandijas ponzoñosas,
arañas, alacranes, ciempiés, y víboras, las quemaban en
un bracero y agregaban tabaco. Con esta unción se volvían brujos
y veían y hablaban al demonio, y perdían todo temor, cobrando
un espíritu de crueldad, y así mataban los hombres en los sacrificios
con gran osadía e iban de noche solos, a montes y cuevas obscuras y
tenebrosas, menospreciando fieras, teniendo por muy averiguado que los leones,
tigres, lobos serpientes y otras fieras que en los montes se crían,
huirían de ellos por virtud de aquel betún de Dios; y aunque
no huyesen del betún, huirían de ver un retrato del demonio,
en que iban transformados.
Entre los mayas las supersticiones dominaban el carácter de esta raza,
lo que condujo al fanatismo. Todo estaba sujeto a la voluntad de los dioses,
y ellos, los indígenas se hallaban supeditados a sus sacerdotes, quienes
cuidadosamente encubrían sus descubrimientos con un velo de misterio
que sólo descorrían a los iniciados.
Estos mismos sacerdotes eran los poseedores de los conocimientos sobre los
días y tiempos nefastos, sobre sus maneras de adivinar, sobre los remedios
para los males y los sacerdotes chilames eran los que daban al pueblo las respuestas
de sus dioses o del demonio.
Ahora pasemos a ocuparnos del arte curativo de las enfermedades, de la estrafalaria
terapéutica entonces en boga y de las prácticas hechiceriles.
Cuando estaban en pañales los medios naturales que permitiere la investigación
de las causas de las enfermedades, esto dio pábulo al hombre para pensar
en el mundo sobrenatural y en las causas también sobrenaturales de ellas:
demonios energúmenos, hechizos, embrujamientos, castigos y prueba del
poder de las divinidades, iras de los dioses, y de acuerdo con la esencia de
la enfermedad, así eran sus métodos curativos: Fórmulas
mágicas, succiones, escarificaciones en la piel contra los demonios,
amuletos, aplicación de plantas unidas a conjuros, etc.
Lo que dio origen a la medicina Teúrgica, en laque intervenía
el poder sugestivo, las visiones extáticas, los sueños, los oráculos,
los presagios, los agüeros y las fórmulas místicas, a lo
que se debió que la medicina se mantuviera incluida dentro de la religión.
Con la llegada de la conquista, la medicina medieval que llega a la Nueva
España con sus métodos de tratamiento sí bien se remonta
al genio de Hipócrates creador de las bases de la medicina científica
moderna pero en su evolución tropieza con la época feudal como
manifiesta de la manifiesta decadencia de los romanos vinieron perniciosas
influencias con la demonología, la alquimia, la astrología y
la magia y la cabalística y así nació la serie de fantásticas
y estrambóticas sustancias curativas que crearon una farmacopea repugnante
venida del oriente como la egipcia, de donde nos vinieron los enemas ayudas
o serviciales, y otras sustancias como el cristalino del ojo del cerdo, las
heces del cocodrilo y de otros animales, la sangre de ternera y de lagarto,
el cerebro del león y la leche de mujer, misma terapéutica que
nos dio el aceite de ricino, varios eméticos, la corteza de granado,
el opio, el nitro y el antimonio, la de los hindúes, en cuyo arsenal
terapéutico predominaban los vegetales y en origen animal figuraban
los huesos pulverizados de cabra, los colmillos de elefante, su leche y su
orina, las heces, pelo y sangre de ternera, y, en fin la de los chinos aferrados
con gran tenacidad a lo antiguo y de quienes recibimos, raíces, tubérculos,
larvas de mosco, lombrices de tierra, langostas, gusanos, escarabajos, cuernos
de corzo y ciervo, hiel de buey y de otros animales, fetos de cabra y ciervo, órganos
genitales de perros y asnos, estiércol de conejos y ratas, semen de
hombre joven administrado en píldoras, sangre humana, especialmente
de los decapitados, a cambio del arsénico, del azufre, del mercurio,
del cobre, de la cal, del hierro, del opio y del granado que a ellos debemos
administrados en tan espeluznantes presentaciones.
Y bien no quiero hacer de esta una edición aparte del autor, sino
más bien una invitación para leer la cita original la cual yo
la pondré en Internet para quien quiera consultarla, o en su defecto
en la sociedad, el artículo está lleno de anécdotas y
para terminar sólo comento algunas.
Así la iglesia en la colonia tenía varios abogados para las
enfermedades: San Gerardo para dar a luz con felicidad; San Pedro Tomás
vs. Las epidemias; San Blas patrono de las enfermedades de la garganta; Santa
Apolonia contra los dolores de muela; San Focas contra mordeduras de serpiente;
San Juan de Dios patrono de los enfermos y los hospitales; San Jorge contra
los animales ponzoñosos; Santa Gertrudis y el beato Amadeo, Duque de
Saboya, contra la Gota coral o mal del corazón; Santa Lucía y
San Lorenzo contra las enfermedades de los ojos; San Liborio, abogado de las
enfermedades de la orina; San Andrés Avelino, abogado de la apoplejía;
San Brandino, contra las mordeduras de víboras; San Jacobo Salesio,
contra la esquinancia o garrotillo (anginas); San Valentín contra la
estitiquez (estreñimiento); San Nicolás de Bari, contra el mal
de loanda (escorbuto) y muchos otros más cuya lista seria interminable.
